jueves, 12 de febrero de 2009

La noche boca arriba.




"Y salían en ciertas épocas a cazar enemigos;
le llamaban la guerra florida".

A mitad del largo zaguán del hotel pensó que debía ser tarde y se apuró a salir a la calle y sacar la motocicleta del rincón donde el portero de al lado le permitía guardarla. En la joyería de la esquina vio que eran las nueve menos diez; llegaría con tiempo sobrado adonde iba. El sol se filtraba entre los altos edificios del centro, y él -porque para sí mismo, para ir pensando, no tenía nombre- montó en la máquina saboreando el paseo. La moto ronroneaba entre sus piernas, y un viento fresco le chicoteaba los pantalones.

Dejó pasar los ministerios (el rosa, el blanco) y la serie de comercios con brillantes vitrinas de la calle Central. Ahora entraba en la parte más agradable del trayecto, el verdadero paseo: una calle larga, bordeada de árboles, con poco tráfico y amplias villas que dejaban venir los jardines hasta las aceras, apenas demarcadas por setos bajos. Quizá algo distraído, pero corriendo por la derecha como correspondía, se dejó llevar por la tersura, por la leve crispación de ese día apenas empezado. Tal vez su involuntario relajamiento le impidió prevenir el accidente. Cuando vio que la mujer parada en la esquina se lanzaba a la calzada a pesar de las luces verdes, ya era tarde para las soluciones fáciles. Frenó con el pie y con la mano, desviándose a la izquierda; oyó el grito de la mujer, y junto con el choque perdió la visión. Fue como dormirse de golpe.

Volvió bruscamente del desmayo. Cuatro o cinco hombres jóvenes lo estaban sacando de debajo de la moto. Sentía gusto a sal y sangre, le dolía una rodilla y cuando lo alzaron gritó, porque no podía soportar la presión en el brazo derecho. Voces que no parecían pertenecer a las caras suspendidas sobre él, lo alentaban con bromas y seguridades. Su único alivio fue oír la confirmación de que había estado en su derecho al cruzar la esquina. Preguntó por la mujer, tratando de dominar la náusea que le ganaba la garganta. Mientras lo llevaban boca arriba hasta una farmacia próxima, supo que la causante del accidente no tenía más que rasguños en la piernas. "Usté la agarró apenas, pero el golpe le hizo saltar la máquina de costado..."; Opiniones, recuerdos, despacio, éntrenlo de espaldas, así va bien, y alguien con guardapolvo dándole de beber un trago que lo alivió en la penumbra de una pequeña farmacia de barrio.

La ambulancia policial llegó a los cinco minutos, y lo subieron a una camilla blanda donde pudo tenderse a gusto. Con toda lucidez, pero sabiendo que estaba bajo los efectos de un shock terrible, dio sus señas al policía que lo acompañaba. El brazo casi no le dolía; de una cortadura en la ceja goteaba sangre por toda la cara. Una o dos veces se lamió los labios para beberla. Se sentía bien, era un accidente, mala suerte; unas semanas quieto y nada más. El vigilante le dijo que la motocicleta no parecía muy estropeada. "Natural", dijo él. "Como que me la ligué encima..." Los dos rieron y el vigilante le dio la mano al llegar al hospital y le deseó buena suerte. Ya la náusea volvía poco a poco; mientras lo llevaban en una camilla de ruedas hasta un pabellón del fondo, pasando bajo árboles llenos de pájaros, cerró los ojos y deseó estar dormido o cloroformado. Pero lo tuvieron largo rato en una pieza con olor a hospital, llenando una ficha, quitándole la ropa y vistiéndolo con una camisa grisácea y dura. Le movían cuidadosamente el brazo, sin que le doliera. Las enfermeras bromeaban todo el tiempo, y si no hubiera sido por las contracciones del estómago se habría sentido muy bien, casi contento.

Lo llevaron a la sala de radio, y veinte minutos después, con la placa todavía húmeda puesta sobre el pecho como una lápida negra, pasó a la sala de operaciones. Alguien de blanco, alto y delgado, se le acercó y se puso a mirar la radiografía. Manos de mujer le acomodaban la cabeza, sintió que lo pasaban de una camilla a otra. El hombre de blanco se le acercó otra vez, sonriendo, con algo que le brillaba en la mano derecha. Le palmeó la mejilla e hizo una seña a alguien parado atrás.

Como sueño era curioso porque estaba lleno de olores y él nunca soñaba olores. Primero un olor a pantano, ya que a la izquierda de la calzada empezaban las marismas, los tembladerales de donde no volvía nadie. Pero el olor cesó, y en cambio vino una fragancia compuesta y oscura como la noche en que se movía huyendo de los aztecas. Y todo era tan natural, tenía que huir de los aztecas que andaban a caza de hombre, y su única probabilidad era la de esconderse en lo más denso de la selva, cuidando de no apartarse de la estrecha calzada que sólo ellos, los motecas, conocían.

Lo que más lo torturaba era el olor, como si aun en la absoluta aceptación del sueño algo se revelara contra eso que no era habitual, que hasta entonces no había participado del juego. "Huele a guerra", pensó, tocando instintivamente el puñal de piedra atravesado en su ceñidor de lana tejida. Un sonido inesperado lo hizo agacharse y quedar inmóvil, temblando. Tener miedo no era extraño, en sus sueños abundaba el miedo. Esperó, tapado por las ramas de un arbusto y la noche sin estrellas. Muy lejos, probablemente del otro lado del gran lago, debían estar ardiendo fuegos de vivac; un resplandor rojizo teñía esa parte del cielo. El sonido no se repitió. Había sido como una rama quebrada. Tal vez un animal que escapaba como él del olor a guerra. Se enderezó despacio, venteando. No se oía nada, pero el miedo seguía allí como el olor, ese incienso dulzón de la guerra florida. Había que seguir, llegar al corazón de la selva evitando las ciénagas. A tientas, agachándose a cada instante para tocar el suelo más duro de la calzada, dio algunos pasos. Hubiera querido echar a correr, pero los tembladerales palpitaban a su lado. En el sendero en tinieblas, buscó el rumbo. Entonces sintió una bocanada del olor que más temía, y saltó desesperado hacia adelante.

-Se va a caer de la cama -dijo el enfermo de la cama de al lado-. No brinque tanto, amigazo.
Abrió los ojos y era de tarde, con el sol ya bajo en los ventanales de la larga sala. Mientras trataba de sonreír a su vecino, se despegó casi físicamente de la última visión de la pesadilla. El brazo, enyesado, colgaba de un aparato con pesas y poleas. Sintió sed, como si hubiera estado corriendo kilómetros, pero no querían darle mucha agua, apenas para mojarse los labios y hacer un buche. La fiebre lo iba ganando despacio y hubiera podido dormirse otra vez, pero saboreaba el placer de quedarse despierto, entornados los ojos, escuchando el diálogo de los otros enfermos, respondiendo de cuando en cuando a alguna pregunta. Vio llegar un carrito blanco que pusieron al lado de su cama, una enfermera rubia le frotó con alcohol la cara anterior del muslo, y le clavó una gruesa aguja conectada con un tubo que subía hasta un frasco lleno de líquido opalino. Un médico joven vino con un aparato de metal y cuero que le ajustó al brazo sano para verificar alguna cosa. Caía la noche, y la fiebre lo iba arrastrando blandamente a un estado donde las cosas tenían un relieve como de gemelos de teatro, eran reales y dulces y a la vez ligeramente repugnantes; como estar viendo una película aburrida y pensar que sin embargo en la calle es peor; y quedarse.

Vino una taza de maravilloso caldo de oro oliendo a puerro, a apio, a perejil. Un trozito de pan, más precioso que todo un banquete, se fue desmigajando poco a poco. El brazo no le dolía nada y solamente en la ceja, donde lo habían suturado, chirriaba a veces una punzada caliente y rápida. Cuando los ventanales de enfrente viraron a manchas de un azul oscuro, pensó que no iba a ser difícil dormirse. Un poco incómodo, de espaldas, pero al pasarse la lengua por los labios resecos y calientes sintió el sabor del caldo, y suspiró de felicidad, abandonándose.

Primero fue una confusión, un atraer hacia sí todas las sensaciones por un instante embotadas o confundidas. Comprendía que estaba corriendo en plena oscuridad, aunque arriba el cielo cruzado de copas de árboles era menos negro que el resto. "La calzada", pensó. "Me salí de la calzada." Sus pies se hundían en un colchón de hojas y barro, y ya no podía dar un paso sin que las ramas de los arbustos le azotaran el torso y las piernas. Jadeante, sabiéndose acorralado a pesar de la oscuridad y el silencio, se agachó para escuchar. Tal vez la calzada estaba cerca, con la primera luz del día iba a verla otra vez. Nada podía ayudarlo ahora a encontrarla. La mano que sin saberlo él aferraba el mango del puñal, subió como un escorpión de los pantanos hasta su cuello, donde colgaba el amuleto protector. Moviendo apenas los labios musitó la plegaria del maíz que trae las lunas felices, y la súplica a la Muy Alta, a la dispensadora de los bienes motecas. Pero sentía al mismo tiempo que los tobillos se le estaban hundiendo despacio en el barro, y la espera en la oscuridad del chaparral desconocido se le hacía insoportable. La guerra florida había empezado con la luna y llevaba ya tres días y tres noches. Si conseguía refugiarse en lo profundo de la selva, abandonando la calzada más allá de la región de las ciénagas, quizá los guerreros no le siguieran el rastro. Pensó en la cantidad de prisioneros que ya habrían hecho. Pero la cantidad no contaba, sino el tiempo sagrado. La caza continuaría hasta que los sacerdotes dieran la señal del regreso. Todo tenía su número y su fin, y él estaba dentro del tiempo sagrado, del otro lado de los cazadores.

Oyó los gritos y se enderezó de un salto, puñal en mano. Como si el cielo se incendiara en el horizonte, vio antorchas moviéndose entre las ramas, muy cerca. El olor a guerra era insoportable, y cuando el primer enemigo le saltó al cuello casi sintió placer en hundirle la hoja de piedra en pleno pecho. Ya lo rodeaban las luces y los gritos alegres. Alcanzó a cortar el aire una o dos veces, y entonces una soga lo atrapó desde atrás.
-Es la fiebre -dijo el de la cama de al lado-. A mí me pasaba igual cuando me operé del duodeno. Tome agua y va a ver que duerme bien.
Al lado de la noche de donde volvía, la penumbra tibia de la sala le pareció deliciosa. Una lámpara violeta velaba en lo alto de la pared del fondo como un ojo protector. Se oía toser, respirar fuerte, a veces un diálogo en voz baja. Todo era grato y seguro, sin acoso, sin... Pero no quería seguir pensando en la pesadilla. Había tantas cosas en qué entretenerse. Se puso a mirar el yeso del brazo, las poleas que tan cómodamente se lo sostenían en el aire. Le habían puesto una botella de agua mineral en la mesa de noche. Bebió del gollete, golosamente. Distinguía ahora las formas de la sala, las treinta camas, los armarios con vitrinas. Ya no debía tener tanta fiebre, sentía fresca la cara. La ceja le dolía apenas, como un recuerdo. Se vio otra vez saliendo del hotel, sacando la moto. ¿Quién hubiera pensado que la cosa iba a acabar así? Trataba de fijar el momento del accidente, y le dio rabia advertir que había ahí como un hueco, un vacío que no alcanzaba a rellenar. Entre el choque y el momento en que lo habían levantado del suelo, un desmayo o lo que fuera no le dejaba ver nada. Y al mismo tiempo tenía la sensación de que ese hueco, esa nada, había durado una eternidad. No, ni siquiera tiempo, más bien como si en ese hueco él hubiera pasado a través de algo o recorrido distancias inmensas. El choque, el golpe brutal contra el pavimento. De todas maneras al salir del pozo negro había sentido casi un alivio mientras los hombres lo alzaban del suelo. Con el dolor del brazo roto, la sangre de la ceja partida, la contusión en la rodilla; con todo eso, un alivio al volver al día y sentirse sostenido y auxiliado. Y era raro. Le preguntaría alguna vez al médico de la oficina. Ahora volvía a ganarlo el sueño, a tirarlo despacio hacia abajo. La almohada era tan blanda, y en su garganta afiebrada la frescura del agua mineral. Quizá pudiera descansar de veras, sin las malditas pesadillas. La luz violeta de la lámpara en lo alto se iba apagando poco a poco.

Como dormía de espaldas, no lo sorprendió la posición en que volvía a reconocerse, pero en cambio el olor a humedad, a piedra rezumante de filtraciones, le cerró la garganta y lo obligó a comprender. Inútil abrir los ojos y mirar en todas direcciones; lo envolvía una oscuridad absoluta. Quiso enderezarse y sintió las sogas en las muñecas y los tobillos. Estaba estaqueado en el piso, en un suelo de lajas helado y húmedo. El frío le ganaba la espalda desnuda, las piernas. Con el mentón buscó torpemente el contacto con su amuleto, y supo que se lo habían arrancado. Ahora estaba perdido, ninguna plegaria podía salvarlo del final. Lejanamente, como filtrándose entre las piedras del calabozo, oyó los atabales de la fiesta. Lo habían traído al teocalli, estaba en las mazmorras del templo a la espera de su turno.

Oyó gritar, un grito ronco que rebotaba en las paredes. Otro grito, acabando en un quejido. Era él que gritaba en las tinieblas, gritaba porque estaba vivo, todo su cuerpo se defendía con el grito de lo que iba a venir, del final inevitable. Pensó en sus compañeros que llenarían otras mazmorras, y en los que ascendían ya los peldaños del sacrificio. Gritó de nuevo sofocadamente, casi no podía abrir la boca, tenía las mandíbulas agarrotadas y a la vez como si fueran de goma y se abrieran lentamente, con un esfuerzo interminable. El chirriar de los cerrojos lo sacudió como un látigo. Convulso, retorciéndose, luchó por zafarse de las cuerdas que se le hundían en la carne. Su brazo derecho, el más fuerte, tiraba hasta que el dolor se hizo intolerable y hubo que ceder. Vio abrirse la doble puerta, y el olor de las antorchas le llegó antes que la luz. Apenas ceñidos con el taparrabos de la ceremonia, los acólitos de los sacerdotes se le acercaron mirándolo con desprecio. Las luces se reflejaban en los torsos sudados, en el pelo negro lleno de plumas. Cedieron las sogas, y en su lugar lo aferraron manos calientes, duras como el bronce; se sintió alzado, siempre boca arriba, tironeado por los cuatro acólitos que lo llevaban por el pasadizo. Los portadores de antorchas iban adelante, alumbrando vagamente el corredor de paredes mojadas y techo tan bajo que los acólitos debían agachar la cabeza. Ahora lo llevaban, lo llevaban, era el final. Boca arriba, a un metro del techo de roca viva que por momentos se iluminaba con un reflejo de antorcha. Cuando en vez del techo nacieran las estrellas y se alzara ante él la escalinata incendiada de gritos y danzas, sería el fin. El pasadizo no acababa nunca, pero ya iba a acabar, de repente olería el aire libre lleno de estrellas, pero todavía no, andaban llevándolo sin fin en la penumbra roja, tironeándolo brutalmente, y él no quería, pero cómo impedirlo si le habían arrancado el amuleto que era su verdadero corazón, el centro de la vida.

Salió de un brinco a la noche del hospital, al alto cielo raso dulce, a la sombra blanda que lo rodeaba. Pensó que debía haber gritado, pero sus vecinos dormían callados. En la mesa de noche, la botella de agua tenía algo de burbuja, de imagen traslúcida contra la sombra azulada de los ventanales. Jadeó buscando el alivio de los pulmones, el olvido de esas imágenes que seguían pegadas a sus párpados. Cada vez que cerraba los ojos las veía formarse instantáneamente, y se enderezaba aterrado pero gozando a la vez del saber que ahora estaba despierto, que la vigilia lo protegía, que pronto iba a amanecer, con el buen sueño profundo que se tiene a esa hora, sin imágenes, sin nada... Le costaba mantener los ojos abiertos, la modorra era más fuerte que él. Hizo un último esfuerzo, con la mano sana esbozó un gesto hacia la botella de agua; no llegó a tomarla, sus dedos se cerraron en un vacío otra vez negro, y el pasadizo seguía interminable, roca tras roca, con súbitas fulguraciones rojizas, y él boca arriba gimió apagadamente porque el techo iba a acabarse, subía, abriéndose como una boca de sombra, y los acólitos se enderezaban y de la altura una luna menguante le cayó en la cara donde los ojos no querían verla, desesperadamente se cerraban y abrían buscando pasar al otro lado, descubrir de nuevo el cielo raso protector de la sala. Y cada vez que se abrían era la noche y la luna mientras lo subían por la escalinata, ahora con la cabeza colgando hacia abajo, y en lo alto estaban las hogueras, las rojas columnas de rojo perfumado, y de golpe vio la piedra roja, brillante de sangre que chorreaba, y el vaivén de los pies del sacrificado, que arrastraban para tirarlo rodando por las escalinatas del norte. Con una última esperanza apretó los párpados, gimiendo por despertar. Durante un segundo creyó que lo lograría, porque estaba otra vez inmóvil en la cama, a salvo del balanceo cabeza abajo. Pero olía a muerte y cuando abrió los ojos vio la figura ensangrentada del sacrificador que venía hacia él con el cuchillo de piedra en la mano. Alcanzó a cerrar otra vez los párpados, aunque ahora sabía que no iba a despertarse, que estaba despierto, que el sueño maravilloso había sido el otro, absurdo como todos los sueños; un sueño en el que había andado por extrañas avenidas de una ciudad asombrosa, con luces verdes y rojas que ardían sin llama ni humo, con un enorme insecto de metal que zumbaba bajo sus piernas. En la mentira infinita de ese sueño también lo habían alzado del suelo, también alguien se le había acercado con un cuchillo en la mano, a él tendido boca arriba, a él boca arriba con los ojos cerrados entre las hogueras.

jueves, 18 de diciembre de 2008

El mundo.


Por Hernán Casciari.
El autor es argentino, actualmente corresponsal de EL PAÍS de España. Esta
es su interpretación de la relación entre países.


Leí una vez que la Argentina no es mejor ni peor que España, sólo más
joven. Me gustó esa teoría y entonces inventé un truco para descubrir la
edad de los países basándome en el 'sistema perro'.

Desde chicos nos explicaron que para saber si un perro era joven o viejo
había que multiplicar su edad biológica por 7. En el caso de los países
hay que dividir su edad histórica entre 14 para saber su correspondencia
humana. ¿Confuso?

En este artículo pongo algunos ejemplos reveladores.

Argentina nació en 1816, por lo tanto ya tiene 190 años. Si lo dividimos
entre 14, Argentina tiene 'humanamente' alrededor de 13 años y medio, o
sea, está en la edad del pavo.

Es rebelde, pajera, no tiene memoria, contesta sin pensar y está llena de
acné (¿será por eso que le dicen el granero del mundo?

Casi todos los países de América Latina tienen la misma edad y, como pasa
siempre en esos casos, forman pandillas.

La pandilla del Mercosur son cuatro adolescentes que tienen un conjunto de
rock. Ensayan en un garaje, hacen mucho ruido y jamás han sacado un disco.


Venezuela, que ya tiene tetitas, está a punto de unirse a ellos para hacer
los coros. En realidad, como la mayoría de las chicas de su edad, quiere
tener sexo, en este caso con Brasil, que tiene 14 años y el miembro
grande.

México también es adolescente, pero con ascendente indígena. Por eso se
ríe poco y no fuma ni un inofensivo porro, como el resto de sus amiguitos,
sino que mastica peyote, y se junta con Estados Unidos, un retrasado> mental de 17, que se dedica a atacar a los chicos hambrientos de 6 añitos
en otros continentes.

En el otro extremo está la China milenaria. Si dividimos sus 1,200 años
por 14 obtenemos una señora de 85, conservadora, con olor a pipí de gato,> que se la pasa comiendo arroz porque no tiene -por ahora- para comprarse
una dentadura postiza. La China tiene un nieto de 8 años, Taiwán, que le
hace la vida imposible.

Está divorciada desde hace rato de Japón, un viejo cascarrabias, que se
juntó con Filipinas, una jovencita pendeja, que siempre está dispuesta a
cualquier aberración a cambio de dinero.

Después, están los países que acaban de cumplir la mayoría de edad y salen
a pasear en el BMW del padre. Por ejemplo, Australia y Canadá, típicos
países que crecieron al amparo de papá Inglaterra y mamá Francia, con una
educación estricta y concheta, y que ahora se hacen los locos. Australia
es una pendeja de poco más de 18 años, que hace topless y tiene sexo con
Sudáfrica; mientras que Canadá es un chico gay emancipado, que en
cualquier momento adopta al bebé Groenlandia para formar una de esas
familias alternativas que están de moda.

Francia es una separada de 36 años, más puta que las gallinas, pero muy
respetada en el ámbito profesional. Tiene un hijo de apenas 6 años:
Mónaco, que va camino de ser puto o bailarín... o ambas cosas. Es amante
esporádica de Alemania, camionero rico que está casado con Austria, que
sabe que es cornuda, pero no le importa.

Italia es viuda desde hace mucho tiempo. Vive cuidando a San Marino y al
Vaticano, dos hijos católicos idénticos a los mellizos de los Flanders.
Estuvo casada en segundas nupcias con Alemania (duraron poco: tuvieron a
Suiza), pero ahora no quiere saber nada con los hombres.

A Italia le gustaría ser una mujer como Bélgica: abogada, independiente,
que usa pantalón y habla de política de tú a tú con los hombres (Bélgica
también fantasea a veces con saber preparar espaguettis).

España es la mujer más linda de Europa (posiblemente Francia le haga
sombra, pero pierde espontaneidad por usar tanto perfume). Anda mucho en
tetas y va casi siempre borracha. Generalmente se deja follar por
Inglaterra y Después hace la denuncia.

España tiene hijos por todas partes (casi todos de 13 años), que viven
lejos. Los quiere mucho, pero le molesta que, cuando tienen hambre, pasen
una temporada en su casa y le abran la nevera.

Otro que tiene hijos desperdigados es Inglaterra. Sale en barco por la
noche, se tira a las pendejas y a los nueve meses aparece una isla nueva
en alguna parte del mundo. Pero no se desentiende de ella. En general las
islas viven con la madre, pero Inglaterra les da de comer. Escocia e
Irlanda, los hermanos de Inglaterra que viven en el piso de arriba, se
pasan la vida borrachos y ni siquiera saben jugar al fútbol. Son la
vergüenza de la familia.

Suecia y Noruega son dos lesbianas de casi 40 años, que están buenas de
cuerpo, a pesar de la edad, pero no le dan bola a nadie. Cojen y trabajan,
pues son licenciadas en algo. A veces hacen trío con Holanda (cuando
necesitan porro); otras, le histeriquean a Finlandia, que es un tipo medio
andrógino de 30 años, que vive solo en un ático sin amueblar y se la pasa
hablando por el móvil con Corea.

Corea (la del sur) vive pendiente de su hermana esquizoide. Son mellizas,
pero la del norte tomó líquido amniótico cuando salió del útero y quedó
estúpida. Se pasó la infancia usando pistolas y ahora, que vive sola, es
capaz de cualquier cosa.

Estados Unidos, el retrasadito de 17, la vigila mucho, no por miedo, sino
porque le quiere quitar sus pistolas.

Israel es un intelectual de 62 años que tuvo una vida de mierda. Hace unos
años, Alemania, el camionero, no lo vio y se lo llevó por delante. Desde
ese día Israel se puso como loco.

Ahora, en vez de leer libros, se lo pasa en la terraza tirándole piedras a
Palestina, que es una chica que está lavando la ropa en la casa de al
lado.

Irán e Irak eran dos primos de 16 que robaban motos y vendían los
repuestos, hasta que un día le robaron un repuesto a la motoneta de
Estados Unidos y se les acabó el negocio. Ahora se están comiendo los
mocos.

El mundo estaba bien así, hasta que un día Rusia se juntó (sin casarse)
con la Perestroika y tuvieron como docena y media de hijos. Todos raros,
algunos mongólicos, otros esquizofrénicos.

Hace una semana, y gracias a un despelote con tiros y muertos, los
habitantes serios del mundo descubrimos que hay un país que se llama
Kabardino-Balkaria. Un país con bandera, presidente, himno, flora,
fauna...y ¡hasta gente!

A mí me da un poco de miedo que aparezcan países de corta edad, así, de
repente. Que nos enteremos de costado y que, incluso, tengamos que poner
cara de que ya sabíamos, para no quedar como ignorantes Y yo me pregunto:

¿Por qué siguen naciendo países, si los que hay todavía No funcionan?

domingo, 30 de noviembre de 2008

Señor orquesta.


"¿Profeta, yo? ¡No!: soy un laburante como cualquiera, ni más ni menos (...). Soy un poroto, un tornillo de la máquina tanguera (...)". Osvaldo Pugliese.


Se conmemora el día 2 del último mes del año, un nuevo cumpleaños de un señor virtuoso. El hombre nació en Villa Crespo, y amó a Buenos Aires sobre todas las cosas. A pesar de que su padre lo mandó a estudiar violín, después probó flauta, finalmente se enamoró del piano y así se transformó en la extensión de sus manos.
Debutó a los 15 en un bar de mala muerte. Claro, después de unos años se le animó a la tele, luego al cine, la radio hasta se dio el gusto de tocar con su orquesta, en el mismísimo Teatro Colón.

En el año 1960 dio una espectacular gira por la Unión Soviética y China, demostrando que ni el Tango ni su talento tenían fronteras. Por eso años hasta llegó a Japón. Pensar que en este último tiempo se lo nombra al tango, como figura emblemática de exportación, en aquellos países donde Don Osvaldo se dio una vueltita para desparramar su talento hace 50 años.

Pero no era tan sólo un gran pianista, también era un ciudadano comprometido con la sociedad. Ya que impulsó el Sindicato Argentino de Músicos del que fue el afiliado número 5. Inició, entonces, una lucha "... donde el trabajo sea una dignidad personal y no un castigo".

En 1936 se afilió al joven Partido Comunista Argentino. Esto y sus ideas provocaron que fuera perseguido, censurado y encarcelado durante el gobierno de Juan Domingo Perón y luego durante el gobierno de facto conocido como la autodenominada Revolución Libertadora. Pero durante el tiempo que duraron sus penurias, su orquesta no dejó de tocar, aunque huérfana de su director.

Pugliese, nunca claudicó, y siguió con su música adelante, formando, además tantos músicos... Así protestó Don Osvaldo contra las injusticias del mundo, según sus convicciones, y no necesitó incendiar palcos, ni destruir instrumentos, ni saltar a lo largo de un escenario para enervar multitudes...y "enfrentar el sistema"...Su única arma fue su piano, y la evolución del tango...

En los documentales que orillan los canales de aire, por esta fecha; se les pregunta a sus amigos por cómo fue él, siempre contestan que fue “un vivo”. En las partidas de truco todo era mentira. Osvaldo era audaz, podía tener veintiuno que le cantaba falta envido igual.

Para el final termino con las palabras del redactor de La Maga, Eduardo Rafael. Así contaba en la revista, cómo había sido la visión de Pugliese con respecto a la muerte.


"Una nochecita se las tomó. Dijo: 'Muchachos, yo llegué hasta aquí, ahora sigan ustedes. Alguna vez lo había anunciado. La cosa tenía que ser así, y fue... No hubo drama. Fue un pasaje su vida, nada más. Recién estaba por cumplir los 90 años. La juventud se le escapaba por la yema de los dedos que todos los días se empecinaba en ejercitar sobre las teclas del piano para que los chicos de la orquesta no lo sorprendieran con los 'dátiles' duros. Se fue empilchado como para una milonga. Encanutado en el traje gris con el clavel en el ojal. Flaco y miope como siempre".

martes, 25 de noviembre de 2008

Costumbres peligrosas.


Vivir en el peligro obliga a naturalizarlo y por lo tanto deja de parecer peligroso.

Eso lo aprendí de chico en la segunda vuelta al tren fantasma del viejo parque Las Heras. Los monstruos estaban oxidados y los agujeros de luz descubrían el truco.

¿Qué es más peligroso para un chico que no trabaja, ni estudia, ni tiene familia que le transmita valores ni sociedad que le ofrezca salida? ¿Vivir o robar?

¿Cuánto peligro entraña el hecho de no saber qué ocurrirá el día en que me jubile con ese dinero que hoy manosea el Estado y ayer los privados, si mi madre, mi padre, mi abuelo, mis tíos tienen jubilaciones indignas del esfuerzo que realizaron en su vida?

¿Es peligroso no tener instituciones fiables, división de poderes, ser gobernados por autócratas o desengañados por oposiciones expertas en oponerse? Todos dicen que es suicida pero en cada elección resucita el molde reencarnado en el argentino de turno.

¿A quién asusta el título catástrofe cotidiano, las opiniones dominicales del apocalipsis, la caja de pandora de la corrupción, el pronóstico de tsunami financiero, el fantasma del default, la realidad del desempleo, el manotazo a los ahorros, las profecías de Lilita, o la suba del riesgo país?

¿Asustan en serio? A todos un poco,….a pocos lo suficiente.

Ayer leí: “Los pobres no tienen miedo a la crisis porque no tienen experiencia en no tenerla. Ese es su estado natural y están vacunados. A los que más miedo les tienen es a los ricos en crisis”.

Esto no lo leí pero lo escuché: “La crisis afecta los planes de la clase media. Habrá que esperar para cambiar el auto. Brasil está muy caro y la Costa también. Habrá menos adornos en el árbol de Navidad y más Fresita que Chandón”.

La gran lección es que la vida sigue a pesar de todo y que cuando los argentinos dormimos el país crece de noche como la soja y el trigo con la fotosíntesis. El amanecer nos devuelve naturalmente salvajes y al acecho.

¿Es posible recuperar el temor a vivir en el peligro continuo?¿Qué sea excepción y no regla?

Creo que es posible en la medida en que asumamos que ese “otro” que camina las mismas calles dentro del mismo territorio no es necesariamente un caníbal dispuesto a degollarnos.

Ese otro padece el mismo mal anestésico de no advertir el peligro de conjunto que tiene equivalencia para todos, tanto si viaja en 4X4, modesto usado, bicicleta o tren cartonero.

A ese otro no hay que asestarle veneno demagógico, monólogo salvador, predicciones derrotistas, amenazas del Código Penal o injurias de colección.

Hay que aprender o recuperar la conversación, el tono adecuado, el don de escuchar “al otro” sin el argentinismo de las verdades propias o los derechos absolutos que jamás reconocen deberes previos.

Crear de a poco un tono distinto de “conversación nacional” irá reemplazando los debates falsos sobre las cosas comunes que el poder no atiende.

Hablar y escuchar bajo reglas comunes parece poco para una empresa semejante. Escaso requisito para abandonar la seducción del peligro.
Pero cualquiera sabe que la palabra adecuada en el momento justo es terapéutica.

Piense en la imagen del niño temeroso de la oscuridad que necesita un cuento leído al pie de la cama. Tan simple como eso.

A veces creo que somos niños pidiendo a gritos que alguien nos escuche, huyendo siempre del peligro, habitando en el sin poder entenderlo ni conversarlo.

Niños viejos que siempre piden padres protectores que hagan el trabajo por ellos.

Por Pablo Rossi. Cadena 3.com

sábado, 22 de noviembre de 2008

No me gustan los lunes.


“No me gustan los lunes. Sólo lo hice para animarme el día. No tengo ninguna razón más, sólo fue por divertirme. Me gustan el rojo y el azul de las chaquetas de los alumnos. […] vi a los niños como patos que andaban por una charca y un rebaño de vacas rodeándolos. Eran blancos fáciles.”

El lunes 29 de enero de 1979, la niña Brenda Ann Spencer estrenó un rifle semiautomático que su padre le regaló por navidad disparando a los alumnos de su escuela situada al otro lado de la calle. Seis horas, dos muertos y nueve heridos; la joven Brenda, mientras bajaba por las escalinatas del colegio esposada, se vió acechada por los periodistas que le preguntaban “Dime por que lo hiciste? ” una y otra vez, pero la joven no se inmutó, luego de unos minutos fue trasladada por la policía y una vez en el destacamento, rechinó en sus oídos la nueva y vieja pregunta: “Dime por qué lo hiciste? ” para argumentar sus motivaciones y calmar a los uniformados contestó: “¡ Porque no me gustan los lunes!”.
El grupo británico, Boomtown Rats, sacó la canción en julio de 1979. Bob Geldorf escribió el tema después de leer en un periódico que una chica de 16 años, Brenda Ann Spencer, había disparado desde su casa contra los niños que jugaban en el patio de la escuela frente a su casa de San Diego, en California, crímenes por los que todavía cumple condena. La chica mató, con un rifle que le había regalado su padre por Navidad, a dos adultos e hirió a 8 niños y un policía. Cuando le preguntaron porqué lo había hecho, Spencer contestó: “no me gustan los lunes” (I don’t like Mondays) y así nació la canción.
Para esa navidad del 78 había pedido a su familia una radio como presente navideño pero su padre, acreditando su indolencia, le regaló un fastuoso rifle semiautomático del calibre 22.
Ah, el tema llegó a los primeros puestos de las listas inglesas en Julio de 1979.
P.D.: en el apartado "Mirá lo que te digo" podés ver el video.

miércoles, 5 de noviembre de 2008

La pierna izquierda de Maradona.


Ya sé que se trata del fútbol.
Ya sé que el fútbol tiene sus propias reglas.
Ya sé que no hay que mezclar el fútbol con las cuestiones institucionales.
Todo eso ya lo sé.


Pero es que no me gustó que Diego Maradona fuera el nuevo técnico de la selección.
Por eso rechiné los dientes y dije que no con la cabeza.
Por eso voté que no lo quería en la encuesta de Clarín.com
Por eso opiné públicamente que hubiera preferido a otros técnicos.
A Russo, a Simeone, a Bianchi, a técnicos más ordenados, menos caóticos.


Pero el domingo a la mañana estuve mirando un documental sobre la vida de Maradona.
Los goles, las polémicas, la mano de Dios, la efedrina, la pelota jamás manchada.
El amor incondicional de los hinchas por Maradona.
De los argentinos, de los catalanes, de los napolitanos. El amor de todos.
Y entonces me pregunté.


¿Por qué no darle otra oportunidad a Maradona?
¿O acaso no le hemos dado segundas oportunidades a tantos otros?
Perón tuvo su segunda oportunidad. La tuvo Domingo Cavallo. La tiene Charly García.
Ya sé: esto es fútbol. Y el fútbol, se sabe, es apenas un deporte emocional.


Pero insisto, ¿por qué no darle otra oportunidad a Maradona?
Es que tal vez Maradona haya dejado de ser la pierna izquierda del país adolescente.
Tal vez Maradona también haya madurado.
Tal vez ya no necesite hacer goles con la mano ni pelearse con el Papa.


Será tal vez porque nos hizo tan felices con el fútbol.
Será por eso que queremos darle otra oportunidad.
Será que los argentinos nos parecemos más a Maradona que a los Russos o a los Bianchis.
Será por eso que el país adolescente va con Diego.
Hasta la victoria siempre.
O hasta que nos corten las piernas.

Hasta entonces.
Fernando Gonzalez. Clarin.com

sábado, 1 de noviembre de 2008

Maradona


MARADONA (Por Eduardo Galeano)

Ningún futbolista consagrado había denunciado sin pelos en la lengua a los amos del negocio del fútbol. Fue el deportista más famoso y más popular de todos los tiempos quien rompió lanzas en defensa de los jugadores que no eran famosos ni populares.
Este ídolo generoso y solidario había sido capaz de cometer, en apenas cinco minutos, los dos goles más contradictorios de toda la historia del fútbol. Sus devotos lo veneraban por los dos: no sólo era digno de admiración el gol del artista, bordado por las diabluras de sus piernas, sino también, y quizá más, el gol del ladrón, que su mano robó.
Diego Armando Maradona fue adorado no sólo por sus prodigiosos malabarismos sino también porque era un dios sucio, pecador, el más humano de los dioses. Cualquiera podía reconocer en él una síntesis ambulante de las debilidades humanas, o al menos masculinas: mujeriego, tragón, borrachín, tramposo, mentiroso, fanfarrón, irresponsable.
Pero los dioses no se jubilan, por humanos que sean.
Él nunca pudo regresar a la anónima multitud de donde venía. La fama, que lo había salvado de la miseria, lo hizo prisionero.
Maradona fue condenado a creerse Maradona y obligado a ser la estrella de cada fiesta, el bebé de cada bautismo, el muerto de cada velorio.
Más devastadora que la cocaína es la exitoína. Los análisis, de orina o de sangre, no delatan esta droga.
Enviado por Gustavo Castro. Santa Fe Capital.