martes, 30 de septiembre de 2008

El asesinato de Ernesto "Che" Guevara




El 9 de octubre de 1967, un día después de ser capturado por el ejército boliviano, el “Che” Guevara fue asesinado en la localidad de La Higuera, Bolivia. Lo que sigue es la carta que dirigió Juan Domingo Perón al Movimiento peronista al confirmarse la caída en combate del guerrillero.

Fuente: Revista Sala 2, Año 1, Nº 5.
Compañeros:

Con profundo dolor he recibido la noticia de una irreparable pérdida para la causa de los pueblos que luchan por su liberación. Quienes hemos abrazado este ideal, nos sentimos hermanados con todos aquellos que, en cualquier lugar del mundo y bajo cualquier bandera, luchan contra la injusticia, la miseria y la explotación. Nos sentimos hermanados con todos los que con valentía y decisión enfrentan la voracidad insaciable del imperialismo, que con la complicidad de las oligarquías apátridas apuntaladas por militares títeres del Pentágono mantienen a los pueblos oprimidos.

Hoy ha caído en esa lucha, como un héroe, la figura joven más extraordinaria que ha dado la revolución en Latinoamérica: ha muerto el Comandante Ernesto “Che” Guevara.

Su muerte me desgarra el alma porque era uno de los nuestros, quizás el mejor: un ejemplo de conducta, desprendimiento, espíritu de sacrificio, renunciamiento. La profunda convicción en la justicia de la causa que abrazó, le dio la fuerza, el valor, el coraje que hoy lo eleva a la categoría de héroe y mártir.

He leído algunos cables que pretenden presentarlo como enemigo del peronismo. Nada más absurdo. Suponiendo que fuera cierto que en 1951 haya estado ligado a un intento golpista, ¿qué edad tenía entonces? Yo mismo, siendo un joven oficial, participé del golpe que derrocó al gobierno popular de Hipólito Yrigoyen. Yo también en ese momento fui utilizado por la oligarquía. Lo importante es darse cuenta de esos errores y enmendarlos. ¡Vaya si el “Che” los enmendó!

En 1954, cuando en Guatemala lucha en defensa del gobierno popular de Jacobo Arbenz ante la prepotente intervención armada de los yanquis, yo personalmente di instrucciones a la cancillería para que le solucionaran la difícil situación que se le planteaba a ese valiente joven argentino; y fue así como salió hacia México.

Su vida, su epopeya, es el ejemplo más puro en que se deben mirar nuestros jóvenes, los jóvenes de toda América Latina.

No faltarán quienes pretendan empalidecer su figura: el imperialismo, temeroso del enorme prestigio que ya había ganado en las masas populares; otros, los que no viven las realidades de nuestros pueblos sojuzgados. Ya me han llegado noticias de que el Partido Comunista Argentino, solapadamente, está en campaña de desprestigio. No nos debe sorprender, ya que siempre se ha caracterizado por marchar a contramano del proceso histórico nacional. Siempre ha estado en contra de los movimientos nacionales y populares. De eso podemos dar fe los peronistas.

La hora de los pueblos ha llegado y las revoluciones nacionales en Latinoamérica son un hecho irreversible. El actual equilibrio será roto porque es infantil pensar que se pueden superar sin revolución las resistencias de las oligarquías y de los monopolios inversionistas del imperialismo.

Las revoluciones socialistas se tienen que realizar; que cada uno haga la suya, no importa el sello que ella tenga. Por eso y para eso, deben conectarse entre sí todos los movimientos nacionales, en la misma forma en que son solidarios entre sí los usufructuarios del privilegio. La mayoría de los gobiernos de América Latina no van a resolver los problemas nacionales sencillamente porque no responden a los intereses nacionales. Ante esto, no creo que las expresiones revolucionarias verbales basten. Es necesario entrar a la acción revolucionaria, con base organizativa, con un programa estratégico y tácticas que hagan viable la concreción de la revolución. Y esta tarea, la deben llevar adelante quienes se sientan capaces. La lucha será dura, pero el triunfo definitivo será de los pueblos.

Ellos tendrán la fuerza material circunstancialmente superior a las nuestras, pero nosotros contamos con la extraordinaria fuerza moral que nos da la convicción en la justicia de la causa que abrazamos y la razón histórica que nos asiste.

El peronismo, consecuente con su tradición y con su lucha, como Movimiento Nacional, Popular y Revolucionario, rinde su homenaje emocionado al idealista, al revolucionario, al Comandante Ernesto “Che” Guevara, guerrillero argentino muerto en acción empuñando las armas en pos del triunfo de las revoluciones nacionales en Latinoamérica.

Juan Domingo Perón
Madrid, 24 de octubre de 1967

sábado, 27 de septiembre de 2008

Román no necesita el pulóver...






Mamá tiene frío e impone el saquito a otros. Un prejuicio similar decide que el 10, "cansado", anda mal y hay que pararlo. Yo creo que está bárbaro.




"El que contesta la pregunta no es el que la recibe, sino el que la formula". Eso lo decía Enrique Pichon Riviere, mi formidable maestro de Psicología Social (durante mi primer año, luego murió). Reforzando ese concepto, y ampliándolo para intentar comprender ciertas reacciones de la mente humana, también afirmaba: "El suéter es una prenda que la madre obliga al hijo a ponerse cuando en realidad ella es la que tiene frío".

Así es como nos dominan los prejuicios; es decir, los juicios previos. Toda la vida estarán sobre nuestras espaldas tratando en la mayoría de los casos de convencernos --a veces fanáticamente-- de que la vida es como cada uno cree que es, y no como objetiva y realmente es. Bien, en el fútbol, junto con su osamenta, el hincha y la cátedra llevan sus prejuicios a la cancha. No entro en el detalle de quién retroalimenta a quién, pero han decidido que "Riquelme está cansado". Pequeña refutación: ¿alguien que no sea Román puede afirmar eso? Yo no me enteré de que se lo preguntaran... Los medios, y los que no lo quieren, presuponen, prejuzgan que no aguanta la seguidilla de partidos desde Pekín hasta acá. Se esgrime el vil argumento de que Boca no gana desde que él volvió y hasta se dice que manda más que Ischia; y que por eso, pese a estar cansado, "no se saca del equipo".

Un par de veces me tocó vivir este tipo de experiencias. Cuando Racing ganó la Libertadores y luego la Intercontinental --ambas Copas definidas en 1967-- fui el único que jugó los 23 partidos, además del torneo local. Con respuesta incluída, me preguntaban: "¿No es cierto que estás cansado?". No hay nada que hacer: el deseo, que es el núcleo del prejuicio, condiciona la opinión de quienes van a la cancha.

A Ermindo Onega, el mejor jugador que vi después de Maradona, le decían "pecho frío" porque nunca había sido campeón con River. Pero era recojudo... ¿Otras? El Tanque Rojas, Raffo o Palermo "burros que sólo saben cabecear". Cuando Martín tira una pared perfecta dicen que se equivocó... Todos prejuicios. Riquelme está soportando desde hace tiempo esta abrumadora tendencia a obligarlo a ponerse el suéter porque los demás tienen frío. Su, para mí admirable, cara de culo es la mejor respuesta a los prejuiciosos. "Fue el mejor jugador de Boca", dijo hace poco Caruzzo, central de Argentinos.

Sí, fue el mejor jugador de Boca contra Independiente y también contra Tigre, digo yo. Llega al área como nunca. Mete pases de gol. Siempre se la da a un compañero. Román no está ni cansado ni saturado. Si lo miramos y lo juzgamos con objetividad, es un jugador de lujo. Unico.

Nota:Roberto Perfumo

El incomprendido.


Siempre se habla que los argentinos, y también los brasileños, tienen jugadores de sobra para armar bastantes selecciones de fútbol competitivas a la vez, ya que tienen la suerte se poseer una gran cantidad de jugadores de calidad, y esto se nota más aún cuando se trata del puesto de "creador" del equipo. Para ese puesto en Argentina las opciones sobran: Aimar, D.Alessandro, Inzúa, Montenegro...y Juan Román Riquelme, quien debo decirlo, es mi ídolo futbolístico desde que comencé a seguirlo desde al año 2000 apróximadamente. Quizás no fue una coincidencia que el día del retiro profesional de Diego Armando Maradona, el mejor de la historia, haya sido Román quien lo remplazó, en ese partido contra River Plate el año 1997, destacando que cuando entró Román, Boca marcó los dos goles que le dieron el triunfo en el estadio Monumental, simplemente la historia del fútbol se hizo presente para decir "se retira el más grande, pero ojo con este chico que está entrando", fue el destino.
Si hubiese que definir a Román en una palabra sin dudas sería "crack". Este talentoso, perfectamente puede estar ausente del partido durante 85 minutos, pero en los 5 que quedan fácilmente puede marcar un gol de afuera del área, realizar un gol de tiro libre, dejar 3 veces sólos en posición de gol a sus delanteros, y además se puede preparar un café y leer el periódico del día si es que lo estima conveniente, es decir, puede cambiar el rumbo del partido en una sola jugada...y ha esos jugadores distintos sólo se les puede llamar CRACKS.
Una vez el argentino Roberto Perfumo, uno de los mejores defensas centrales que han existido en América (junto a Elías Figueroa), señaló: "Los buenos jugadores se ven cuando su equipo va perdiendo, cuando va ganando hasta el más cagón la rompe"; estas palabras me recuerden a Riquelme, en especial ese Riquelme del Boca Juniors dirigido por Carlos Bianchi, que incluso Henry elogió diciendo que Román "Hacía cosas increíbles cuando jugaba en Boca", antes del enfrentamiento histórico entre Arsenal y Villareal por la Champions. Siguiendo las palabras del "Mariscal" Perfumo, Román es de esos jugadores que se agrandan ante la adversidad, un ejemplo es cuando por la semifinal de la copa Libertadores contra Palmeiras, el primer partido jugado en la Bombonera terminó igualado a dos, el técnico brasileño Parreira declaraba en su país que ya eran finalistas, lamentablemente este señor no contaba con la astucia y talento de Román, que en el partido jugado en Brasil marcó un golazo y les dio un baile igual de grande que el estadio Morumbí, testigo presencial del día glorioso de Riquelme. Finalmente ese día clasificó Boca a la final, y logró el título semanas después venciendo al Cruz Azul.
Yo no entiendo como hay gente que discute la calidad futbolística de Riquelme. Sus más críticos lo tildan de "pecho frío"...entonces yo pregunto ¿es ser pecho frío aguantar 1500 patadas de Makelele en una final de Copa Intercontinental, y aún así darle un baile al Real Madrid? ¿Es ser pecho frío llorar desconsoladamente luego de perder injustamente contra el Bayer Munich,y ser pateado los 90 minutos por los alemanes en la Copa Intercontinental el 2001? ¿Es ser pecho frío llegar a un equipo chico como el Villareal, clasificarlo a la Champions y lograr el tercer lugar de la liga española?.
Hay otros que demuestran toda su ignorancia futbolística, pues lo llaman un "jugador lento"...¿QUE SABE ESA GENTE DE FÚTBOL? Posiblemente nada, es gente que no comprende que el fútbol es un juego de toque, y donde existen pausas. Uno que sí sabe es Jorge Valdano, quien sabiamente dijo "El talento no tiene prisa"; estas palabras son clave. ¿De que sirve tener jugadores veloces, si cuando sacan centros salen a cualquier parte?. Riquelme puede ser un jugador lento físicamente, pero mentalmente es más rápido que los otros 21 jugadores que se encuentran en una cancha con él, los árbitros y hasta los suplentes de ambos elencos. Muchas veces sus jugadas no alcanzan total perfección, pues es incomprendido incluso por sus propios compañeros...sin dudas es un jugador fuera de serie.
Otra crítica que se la realiza a Román es por la actitud seria que demuestra cuando juega al fútbol. Muchos lo comparan con Ronaldinho, y esperan que se ría durante los encuentros, que se muestre alegre para las cámaras...pero esa gente debe entender que Riquelme demuestra la alegría con la pelota en los pies, con pases en profundidad, las pisadas al balón...el mismo Román declaró aburrido de tanta comparación que "Zidane es el más grande hace 10 años y no se ríe", un claro golpe al juego sínico del brasileño, quien por fin demostró hace algunos días atrás que tambien tiene su mal genio, luego de perder la final de la Copa Mundial de Clubes contra el Internacional de Brasil, en esta ocasión el fútbol no fue risa, ya que se sacó enojado la medalla del segundo lugar, ¿acaso no es digno un segundo lugar?. Insisto, sea o no sea serio, las 3 pelotas gol por partido que Riquelme otorga a los delanteros llegan de igual forma.
Ahora último, a Riquelme se le critica por el desempeño en el mundial, que hay que decirlo no fue el mejor, y muchos lo creen responsable del fracaso argentino. Pero hay que recordar que Riquelme llego "golpeado psicológicamente", pues habían quedado eliminado de la final de la Champions League por el Villareal contra el Arsenal, cuando perdió el penal en el último minuto del partido, que por cierto pudo haberlo perdido Maradona, Pelé, Di Estéfano, Ronaldinho, Joel Soto, "Manteca" González, Richard Zambrano o el "Chiqui" Chavarría, cualquiera puede errar un penal. Muchas críticas cayeron sobre Riquelme por haber fallado, pero Maradona tuvo las palabras justas y sabias en el momento..."los penales sólo los fallan quienes los tiran, ¿Cuántos jugadores del Villarreal quisieron agarrar esa pelota para tirar ese penal?". Este capítulo claramente afectó al rendimiento mundialista de Riquelme, ya que el fútbol es un deporte donde las emociones y lo psicológico está presesente, e influyen con alta probabilidad, y sin dudas a Riquelme esto le dolió y mucho.
Querido por unos, odiado por otros, de todas formas Riquelme ha quedado en la historia del fútbol como un jugador de excelente nivel, porque los entendidos en este deporte tienen bien considerado al 10 del Villareal, sino hablen con Thierry Henry, ¿les suena? Sí, el delantero del Arsenal y seleccionado Francés, quien dijo: "La gente habla de Ronaldinho. Pero lo que Riquelme puede hacer el balón… Cuando está inspirado uff, además el resto del equipo se contagia". Si es que Henry está ocupado puede hablar con Aimar, quien al ser consultado si le molestaba ser reserva de Román en el mundial declaró: "Como me va a molestar ser suplente del mejor 10 del mundo". También le puede consultar a Pekerman, quien en declaraciones previas al mundial dijo: "Si Riquelme jugara en Brasil sería Riquelminho y estaría entre los dos mejores del mundo"...No quedan dudas, la gente que sí sabe de fútbol valora el talento de Riquelme y su modo de jugar, el cual puede ser incomprendido por parte del público, pero esa gente con suerte debe saber lo que es el offside. Si te consideras fanático del fútbol y no reconoces a Riquelme como un buen jugador, es como si dijeras que sabes de Cine y no supieras quien es el actor principal del Padrino, es algo imperdonable, algún amante del cine no te lo perdonaría, y buscaría alguna forma para golpearte por la ignorancia y falta de respeto demostrada a esa actividad.
Es de esperar que los jugadores con Riquelme, es decir los que piensan, los que ponen la pausa, nunca se acaben, ya que como dice el "Loco Bielsa", el filósofo del deporte rey, "El fútbol se hace menos dramático cuando lo ejecutan los que saben". Roberto Perfumo.

sábado, 13 de septiembre de 2008

El potrero de Bin Laden

La cancha donde Bin Laden jugó a los 17 años, en Beirut, Líbano

Un recorrido por los mejores potreros del mundo
Dos argentinos rescatan a través de fotos y textos, las historias de canchas y sus protagonistas. Dónde jugaron Bin Laden y Evo Morales.

Por Federico Noguera



Como ésta, son muchas las historias que se pueden encontrar en Canchas , un interesante open proyecto "antropológico, social y cultural" que un grupo de amigos de Alemania, Austria y Argentina lanzó en 2002. Y que pretende ser el más grande banco de fotos y anécdotas de la Web sobre los potreros y sus protagonistas (actualmente cuentan con 1620 fotos de 444 canchas).

"Canchas celebra la alegría y la emoción de las personas en contacto con los campos donde se juega al fútbol", se explica desde el sitio, que también recibe la colaboración de 130 personas que suben diariamente a la página imágenes, videos, audios y textos de lugares tan disímiles como extraños.

El experimentado fotógrafo y encargado artístico del proyecto, Gastón Silberman, explica a Perfil.com que la idea de Canchas surgió de una iniciativa conjunta del psicólogo y periodista argentino Santiago Bardotti, el matemático y fotógrafo austríaco Andreas Matt y los alemanes Hans Woppmann y Despina Leonhard, ingeniero y relacionador público, respectivamente.

"Consideramos que estas canchas son puntos de partida, un vehículo para explorar gente", comenta Silberman. Pero aclara lo que no es Canchas: ni "un proyecto de fútbol" ni una mirada exploradora de "la miseria" ("el nene pobre con la pelota de trapo"), pero sí de "lo hiperfestivo".

El autor de Proyecto Cartele aclara que esa mirada no apunta a destacar o impugnar el virtuosismo del juego, sino a realizar un registro cultural a través de fotos y textos (desde una observación no participante) de las acciones y las historias de los protagonistas del fútbol amateur. De esa forma pretenden analizar los comportamientos en un contexto determinado.

"Nos interesa saber los idiomas, nombres, apodos, quién es el dueño de la pelota, cómo se visten, cómo se preparan (para jugar), cuáles son los rituales, quién define cuándo se juega, a qué hora se juega, cuándo es faul, cuándo se termina el partido", detalla Silberman.

Ese registro también busca rescatar "la alegría, la celebración, el humor y la ironía" de los habitantes de Groenlandia, Tanzania, Inglaterra, Vietnam, Argentina, España, Sudáfrica, Pakistán, entre otros, en potreros nevados, polvorientos, sobre rascacielos, a pasos de las Pirámides...

Algunas situaciones o "detalles naturales" de las canchas (cuyo origen viene de la palabra quechua "kancha", que significa recinto) desencadenan reacciones o hasta desafíos a los jugadores "Hay una cancha en Taliouine (Marruecos) que está torcida, está hecha en una planicie que dobla. Entonces uno piensa que el que tira un chanfle manda la pelota a la punta y el que marca la punta no ve el córner", Silberman, quien en su libro Colores en la Piel ya había explorado la vinculación entre los hinchas y las canchas argentinas.

El fotógrafo también recuerda cómo Echek, un joven marroquí, miraba con ansiedad como sus amigos jugaban un picadito en la playa Tan Tan. "No podía jugar porque iba a salir con una chica –cuenta Silberman–. Estaba de punta en blanco, pero no se bancó las ganas de jugar".

Las mismas que hicieron que el presidente de Bolivia, Evo Morales, se pusiera los cortos para jugar un partido en la cancha de Sajama, en la frontera con Chile, como forma de protesta contra la decisión de la FIFA de prohibir que las Eliminatorias mundialistas se continúen disputando en la altura de La Paz.

El análisis de esas acciones mínimas no incluye ni intenta que el proyecto se transforme en "un fin social": "La idea no es viajar con una pelota y botines nuevos. Ese rol lo único que hace es acentuar la carencia, y lo que queremos es mostrar que la carencia es relativa. Ellos la pasan bien y mal, como todos", apunta.

Tampoco pretenden "redimir" a personajes como Bin Laden, sino destacar que, como otros, el líder de Al Qaeda también fue "un chico" que "corría detrás de una pelota", cuando aún "no tenía deseos de tirar una bomba". El proyecto incluye historias de personajes famosos (sean deportistas o no) y de desconocidos, que han cobrado protagonismo en los últimos años (ver Messi…).

Pero Silberman señala que esa búsqueda de "ciertos íconos" tiene que ver con personalidades que "hayan excedido la frontera, 'gente de exportación', para que el proyecto sea lo más universal posible y no localista". En él, ya tienen su lugar las canchas donde jugaron Diego Maradona y el Che Guevara antes de que se transformaran en lo que fueron después: íconos. Federico Noguera. Recogido de Perfil.com

lunes, 18 de agosto de 2008

El burrito sencillo...


Casualmente, a principios de este mes, una cámara del noticiero del canal América estaba en la puerta de un boliche de la zona de Palermo para captar a Ariel Ortega saliendo en un presunto estado de ebriedad.
Casualmente, esas imágenes sirvieron para que el futbolista fuera desafectado del plantel de River Plate.
Casualmente, pocos días más tarde se anunció la extraña transferencia de este cotizado jugador al modesto club Independiente Rivadavia de Mendoza, que milita en la primera B nacional.
Casualmente, el dueño de ese club es Daniel Vila, quien también es uno de los propietarios de América.
Casualmente, ahora las cámaras del mismo noticiero emitieron un "informe" sobre un posible complot de la AFA para perjudicar, mediante arbitrajes, a Independiente de Mendoza por "revolucionar el ascenso" con la contratación de Ortega y "ayudar a la recuperación de un ídolo".
¿Dónde escuché que en el fútbol, como en la vida, las casualidades no existen? Mmmhhh... no, en América TV no.
Maximiliano Poter. Revista Rolling Stones.

viernes, 8 de agosto de 2008

Volaré...


Las Olimpiadas fueron celebradas por primera vez hace casi treinta siglos, en 884 antes de Cristo, por iniciativa del rey Ifitom, soberano de Élida, en el Peloponeso, donde está situada la ciudad de Olimpia. Las justas de Ifitom, hechas en honor a Zeus, constaban entonces de una sola prueba: una carrera por el estadio, marcado con piedras pintadas de cal, que tenía una longitud de 192 metros, a la que luego fueron añadidas dos pruebas más en aquel mismo recorrido: la diáulica (ida y vuelta) y la dólica (doce veces ida y vuelta). Hacia 708 hizo su aparición el pentathlon, que comprendía la carrera, la lucha, el salto, el boxeo y el lanzamiento de disco. Las pruebas clásicas del olimpismo. Hoy en día son trescientas dos disciplinas en veintiocho deportes diferentes, tan diferentes como la equitación, el judo, la vela, el atletismo, la esgrima, el badminton y la natación.

Los Juegos Olímpicos eran celebrados entonces, como ahora, cada cuatro años, en el verano, al pie del monte sagrado de Altis. Duraban una sola jornada, aunque con el tiempo fueron ampliados para durar cinco días, en los que acabó incluida una prueba más: la carrera de cuadrigas. Los vencedores, proclamados al finalizar el quinto día, recibían como premio una rama de olivo silvestre, cortada por los sacerdotes de Ifitom en las márgenes del río Alfeo, en Olimpia. Un premio similar recibirán, junto con sus medallas, los atletas que venzan en las Olimpiadas que comienzan este día, el 08 del 08 del 08, a las 8 de la noche con 8 minutos, hora de Beijing (el 8, claro, es el número de la suerte en China).

Participaban en las competencias de la Antigüedad los helenos, los dóricos y los arcadianos, pues los bárbaros, en un principio, estaban excluidos. Los atletas gozaban de una fama rara incluso en nuestros días. Muchos fueron celebrados en las odas del poeta Píndaro. Uno de ellos, Milón de Crotona, el luchador, fue recordado un siglo después de su muerte por Herodoto, quien menciona en sus Historias (libro III, párrafo 137) que su fama había llegaba hasta las calles de Susa, la capital de Persia. Las Olimpiadas fueron así celebradas, sin interrupción, durante mil doscientos sesenta y nueve años, hasta el verano de 385 de nuestra era, en donde resultó vencedor en la competencia de boxeo un bárbaro, el armenio Varasdate. El mundo, por fin, había irrumpido en las Olimpiadas, que por siglos habían estado circunscritas a Grecia. Esta vez, en Beijing, participarán diez mil quinientos atletas originarios de más de doscientos países.

Las Olimpiadas fueron suprimidas en 394 por el emperador Teodosio el Grande, como parte de una ofensiva cristiana contra el paganismo de Grecia. Quince siglos después de esa supresión –quince siglos exactos: en el año de 1894– Pierre de Fredi, mejor conocido como barón de Coubertin, organizó, en junio, un congreso internacional de sociedades deportivas en el anfiteatro de la universidad de la Sorbona, en París. En aquel congreso surgió el Comité Olímpico que aprobó el proyecto de reinstaurar las Olimpiadas en el sitio donde habían nacido: Grecia. Los primeros Juegos Olímpicos de la Era Moderna, inaugurados el 5 de abril de 1896 en Atenas, fueron realizados con el entusiasmo del príncipe Constantino, heredero de la corona en Grecia, quien recaudó los fondos necesarios entre su pueblo, cuando el gobierno de su país anunció que no tenía dinero para financiar las Olimpiadas. Esta vez, en China, los costos ascenderán a más de 40 mil millones de dólares. Serán los Juegos Olímpicos más caros de la historia.

miércoles, 30 de julio de 2008

Geografía de Tercero.


El cuento de esta semana es una mezcla entre ficción y realidad. El ambiente tan cercano a nuestra infancia creado por Eduardo Sacheri merece una reflexión acorde a aquellos tiempos que transcurrieron en las aulas de nuestra escuela primaria. Los compañeros de banco, la maestra, el edificio, momentos compartidos; y el ejercicio de la memoria. Aquí un encuentro, que no tiene desperdicio.


Apenas la vi sentí que me hundía en una especie de pozo sin fondo, en un vértigo de piedras y plomos recién tragados que me llenaron el estómago. O tal vez fue una sensación más brutal, más primitiva, más parecida al más simple de los pánicos. Y lo otro: el peso feroz en las tripas y el vértigo de abismo aparecieron después, cuando ella desapareció de mi vista y pude sentarme en un banco de ese parque inmenso y quedarme con los ojos clavados en el pasto y la cara vacía durante minutos interminables.
Ella ni siquiera me había mirado. No me había visto, pero yo me sentía como desnudo delante de una multitud. Y lo peor de todo era justamente comprobar el poder inmenso que, más allá de los años apilados unos sobre otros, esa mujer conservaba sobre mis emociones.
¿Y si me había equivocado? Sí, era enormemente probable. Debía haberla confundido con otra persona. ¿Cuántos años hacía que no la veía? Veinte años, y eso es mucho tiempo. Y además estaba la cuestión de las edades. La última vez que la había visto yo acababa de cumplir los "dieciocho. Y a esa altura -intenté tranquilizarme- uno no tiene un cuidado excesivo en recordar fisonomías. Pero sobre todo estaba la cuestión de la edad de ella. ¿Cuántos años podía tener ahora? Traté de volver a 1978: ¿cuántos tenía esa mujer en aquellos tiempos? Yo le atribuía, entonces, setenta u ochenta; de modo que ahora, un cuarto de siglo después, tendría que ser casi centenaria. Entonces no tenía motivos para angustiarme: yo me había confundido y esa mujer no era quien yo había temido. Pero era un razonamiento demasiado frágil. Cuando uno es estudiante secundario todas las personas que superan los treinta años parecen flotar en una ancianidad yaga y distante. Entonces, si en 1978 esa mujer tenía cincuenta en lugar de setenta, la que acababa de cruzarme en el hall del hotel bien podía ser la de mi pesadilla.
Algo muy dentro de mí me instaba a correr a mi habitación, hablar con Lorena, hacer las valijas y escapar de ese sitio. Lorena tendría que entenderme: varias veces, durante esa etapa del noviazgo en la que uno está dispuesto a contar su vida entera, le había hablado sobre esa mujer y sobre el efecto bestial que había ejercido sobre mi vida en la escuela secundaria. Tal vez mi esposa pusiese reparos a la huida. Seguramente iba a decir que yo soy un exagerado, un sentimental, un chiquitín, todas esas cosas que dice cuando mis impulsos la contrarían. Pero ahí sentado, con la respiración todavía entrecortada por la impresión y el disgusto, no me preocupaban demasiado sus posibles reproches mientras aceptase, aun a regañadientes, levantar campamento y volver a Buenos Aires de inmediato.
No obstante, si quería contar con un mínimo de argumentos para la tempestad doméstica que estaba dispuesto a desatar, tenia que aseguraren de que esa mujer que acababa de cruzarme en el hotel era quien yo creía qué era. A regañadientes tuve entonces que incorporarme y atravesar el parque hacia el edificio principal del que prácticamente había escapado un rato antes. La mujer que me había espantado iba hacia el bar, de modo que hacia allí dirigí mis pasos con una piedra en la garganta. El lugar resultó estar casi desierto, cosa esperable en esa mañana radiante. Muy pocas mesas estaban ocupadas. En un rincón, cerca del ventanal y de espaldas a una de las mejores postales de las sierras, estaba sentada esa mujer, de espaldas a la entrada. Leía un libro y apoyaba la sien sobre la mano izquierda. Ocupé una mesa detrás de ella y pedí un café.
El primer indicio que me sacudió fue el perfume. Apenas me senté, me golpeó el mismo olor cítrico y penetrante que dejaba flotando en el aula, cuando recorría amenazante los pasillos entre los pupitres. El segundo signo fue el golpecito tenaz sobre la mesa. No veía sus manos pero no hacía falta. Me bastaba el toque regular, cronométrico, patibulario, que producía su lapicera fuente al toparse con la mesa. Cinco segundos. Cinco segundos exactos entre golpe y golpe, y entre medio apenas un silencio de tumbas.
Me ahogué en un sudor horrorizado y quieto. Bajé la cabeza, clavé los ojos en mi propia mesa y miré el reloj de soslayo con un subrepticio movimiento de mi muñeca izquierda. Cuando tomé conciencia de mis gestos me sentí un imbécil, porque aunque era un terrible grandulón de casi cuarenta años acababa de adoptar la actitud corporal de los quince, la de 1978, la de tercer año del Nacional de Morón, la del cuarto banco de la fila de la ventana, la de las dos primeras horas de los jueves, la de la clase de geografía, la de la tortura interminable de la profesora Hilda Cerutti de González. Era su perfume y era la nuca recta con el pelo corto y era el toc toc de su lapicera Parker azul sobre la mesa de un hotel de la sierra, y era tan extraño volver a encontrarla allí luego de veinte años que hubiese sido para reírse a carcajadas si no fuera que en realidad me daban unas ganas de llorar que me moría.
Hilda Cerutti de González y el pantano terrorífico de sus clases eran el compendio angustioso de todo mi horror de aquellos años de silencio y obediencia y desesperación. Encontrarla allí era como volver a esos días de amargura. Desde que uno entraba al Nacional en primer año le llovían las historias sobre esa mujer endemoniada. El espíritu se iba macerando en las anécdotas feroces de sus crueldades, de sus desplantes de hielo, de sus ataques de ira, de sus arbitrariedades impredecibles. Como ese engendro nos esperaba en tercero, teníamos dos años enteros para escuchar sobre ella y espantarnos, empequeñecernos y desear nacer de nuevo en otro universo que no la contuviera.
Cuando el primer jueves de marzo de 1978 Hilda Cerutti de González ingresó lentamente en el aula y se paró junto al escritorio y nos miró con las piedras grises y heladas de sus ojos y movió levemente la cabeza hacia los lados abarcándonos en una panorámica acongojante y sus labios se torcieron en una mínima mueca de desprecio y suspiró profundamente y se dio vuelta y anotó en el pizarrón con su hermosa letra cursiva las veintidós letras de su nombre completo como una sentencia irrevocable, entendimos que todo lo que nos habían dicho y anticipado era cierto y que en el fondo se habían quedado cortos.
Hilda Cerutti de González era una mujer cruel, despótica e inconformable, y en aquellos años esas características la volvían poco menos que la profesora perfecta; así nos lo hacían notar el rector y sus alcahuetes en cada oportunidad en que se presentaba la ocasión de alabarla. Durante sus clases estaban prohibidas las preguntas. Ni qué hablar de pedir permiso para ir al baño o de cuchichear con un compañero. Dictaba y escribíamos, hablaba y callábamos, gozaba y sufríamos. Años después y por casualidad me cayó en las manos un libro de geografía americana, amarillento y viejo, muy breve, editado en Chile. Al hojearlo descubrí, con cierta sorpresa, que podía anticipar renglón por renglón su contenido. Él autor era un tal Bustamante y estaba impreso en 1942, y si podía adelantarme a cada oración era sencillamente porque para aprobar geografía de tercero con Hilda Cerutti de González tuve que aprender a recitar de memoria desde el primero al último renglón de mi carpeta. Descubrí así en mi madurez que mi carpeta no era sino la versión manuscrita de ese librito. Aquella mujer no sólo era cruel sino además una ignorante que recitaba a su vez de memoria los párrafos de un antiguo librejo olvidado y suficientemente ignoto como para que nadie advirtiese la maniobra y el plagio. No me atrevo a decir que eso volvía estúpida su crueldad, porque supongo que cualquier crueldad es estúpida. Pero al menos diré que su ignorancia tornaba aún más estéril esa crueldad.
Siempre iniciaba sus clases tomando lección. Hacía las preguntas en voz baja, casi en un murmullo, y jamás las repetía. Nos concentrábamos en ese murmullo hasta casi sentir dolor en los oídos. Odiábamos al compañero que hiciera crujir el pupitre o que tosiese o se sonase la nariz mientras nos tocaba el turno, porque si osábamos preguntar "¿Qué?" o "¿Cómo?" la bruja aquella consideraba que nuestra distracción merecía un 1 inapelable. Cuando mencionaba nuestro apellido debíamos ponernos de pie y responder sin demora. Si nos salíamos una palabra del dictado previo estábamos perdidos. Sin alzar la voz decía otro apellido y el aludido debía a su vez pararse y continuar en el exacto punto de la equivocación del anterior. A los que erraban ni siquiera les ordenaba sentarse. Era la única decisión que dejaba en nuestras manos: podíamos tomar asiento enseguida o podíamos seguir de pie un rato. A ella le daba igual porque el aplazo ya estaba sellado en su libreta y estábamos desahuciados sin dudas y sin apelación posible.
Cuando sonaba el timbre nos dedicaba la única sonrisa de la mañana, y aunque era una sonrisa hueca y extraña era posible que estuviese realmente contenta porque el recreo era su momento de gloria. Afirmaba el maletín negro en la mano derecha, levantaba el mentón, dejaba que su cara se llenase de una serena soberbia y salía al patio. Creo que era la profesora que más tardaba en llegar a la sala de profesores y la que primero salía hacia el aula al tocar de nuevo el timbre, pero no lo hacía por puntualidad sino para exhibirse ante la multitud de pibes. A su paso todos callábamos, nos quedábamos quietos, bajábamos los ojos y apenas salíamos de su campo visual nos librábamos de la angustia que nos había dejado su presencia fugaz comentando con el compañero más próximo la última de sus fechorías. Y ella, estoy seguro, se derretía de placer en esos murmullos que nutrían y engordaban su leyenda. Nadie se atrevía a ensayar ni la mínima burla o morisqueta a sus espaldas, porque era sabido que tenía ojos en la nuca. Dos ilusos lo habían intentado, uno en 1969 y otro en 1976, y los había hecho expulsar sin más trámite. Después de rendirla siete u ocho veces pude aprobar geografía de tercero y egresar del secundario. Nunca volví a verla, hasta esa mañana desolada veinte años después; y ahora la tenía adelante, más vieja, algo más canosa, un poco más flaca, pero igual de opresiva que entonces.
Traté de pensar. Era ridículo hablar con Lorena, hacer la valija y escapar del hotel, pero en mi desesperación se me ocurría que era una alternativa excelente. También podía ahogarla en la pileta de natación, asfixiarla en su pieza o precipitarla al vacío por un barranco, pero soy un tipo pacífico y el carácter no me da para semejantes cosas.
Pagué el café y me puse de pie, empujando un poco hacia atrás la silla de madera. Él crujido me perdió. Haciendo uso de sus antiguos ojos en la nuca, Hilda Cerutti de González se dio vuelta y me clavó las piedras frías y grises y filosas de sus ojos. Le sostuve la mirada, no por osadía sino por la sorpresa de verla vuelta hacia mí. Pero no estaba preparado para lo que ocurrió después, porque casi en un susurro, con sus palabras cortas y su voz un poco chillona me estampó:
-¿Así que usted es de la zona de Morón? Yo también. Mire qué casualidad encontrar a alguien de allí en un lugar tan lejano como éste.
Sentí que las piernas me tambaleaban. ¿Encima de todo era adivina? ¿Cómo había sabido semejante cosa con sólo mirarme? Al momento entendí: yo llevaba puesta una camiseta blanca y roja del Deportivo Morón, con escudo del gallito y todo. A mí el fútbol me interesa poco y nada, pero mi hijo es todo un fanático y me la regaló para Navidad, y yo la había traído cándidamente a ochocientos kilómetros de mi hogar sólo para que esa bruja pudiera identificarme. Le respondí atropelladamente que sí, que había nacido y crecido en Morón. Apenas concluí deseé haberme mordido la lengua.
-¿Y en qué colegio hizo usted el secundario?
Guardé silencio. Era la oportunidad de mentir y librarme de ella. Al fin y al cabo no era tan grave. Había sido una conversación de medio minuto. Podía salir al sol. Podía caminar hasta el arroyo. Podía aflojarme nadando un buen rato en la pileta. En algún momento me libraría de su perfume penetrante y de los alfileres de sus ojos grises. Era la decisión más simple. Pero a veces la simpleza no me satisface. Casi desconociéndome respondí lentamente que era egresado del Nacional. La vieja acreció su interés. Soltó la lapicera y me hizo un gesto para que la acompañara en la mesa. Era mi última oportunidad para huir, pero se me cruzaron por la cabeza dos o tres de sus crueldades más sórdidas, y las caras de mis mejores amigos de entonces, y rechacé la tentación. Le estreché la mano, le dije mi nombre y me senté frente a ella.
No habló enseguida. Se tomó un minuto para verme y tratar de ubicarme. Repitió mi nombre buscando una clave que le permitiera encasillarme. Me entristeció un poco que no lo lograra. Así, en ese olvido, era como si la humillación y la angustia y el terror que esa mujer me había provocado en la adolescencia tuviesen todavía menos sentido, porque ni siquiera había sido algo personal, algo propio, algo mío. No me lo había hecho a mí; simplemente era uno más en un hormiguero de rostros iguales y anodinos, y si ahora me había invitado a sentarme era seguramente para escuchar de mis labios el recuerdo del terror y de la desesperación y disfrutar por un momento de su antigua y bien ganada fama de hija de puta.
Sonrió apenas con un costado de la boca, ladeó apenas la cabeza y se presentó:
-Bueno, le cuento que yo soy Hilda Cerutti de González.
No dijo más. Yo sentí que sólo faltaba el sonido de la tiza contra el pizarrón dibujando las veintidós letras de su nombre. No dijo más y se limitó a esperar mi reacción. Era evidente que la soberbia no la había abandonado. No dijo que había sido profesora, ni cuál era la materia ni el curso en el que había dictado sus clases. Sabía que no hacía falta y que su tenebrosa celebridad podía prescindir de las aclaraciones a las que se ve obligada la mayoría de los mortales.
Yo soy de esas personas que suelen lamentarse de las contestaciones que dan y de las reacciones que tienen. Cuando discuto con alguien, cuando alguna persona me trata con descortesía, cuando alguno se pasa de piola y se me adelanta o se burla de mí, suelo ser tímido, corto, torpe, y nunca elijo las respuestas adecuadas. Por supuesto que después me arrepiento de mi estupidez y se me suelen ocurrir respuestas ingeniosas capaces de desarmar a mis rivales. Pero es tarde. Nunca se me ocurren en el momento oportuno. Lo raro de aquel encuentro fue que el modo en que actué fue tan espontáneo como siempre, pero mucho menos torpe que de costumbre, como si de pronto hubiese aprendido cómo tratarla. Cuando la mujer calló y se dedicó a esperar mi reacción sostuve su mirada, sonreí también imitando su mueca y me limité a preguntarle:
-¿Perdón?
La vieja tuvo un ligerísimo sobresalto pero se compuso. Ya no sonreía cuando repitió:
-Hilda Cerutti de González.
Entrecerré los ojos. Sonreí más francamente y moví ligeramente la cabeza hacia adelante, como invitándola a que se soltase y hablara con comodidad. Pero permanecí majestuosamente callado. La dama empezaba a parecer impaciente. Disparó una frase breve y cortante, como si no estuviese del todo dispuesta a transigir con mi imbecilidad:
-La profesora de geografía de tercer año.
-Ah... -fue toda mi respuesta.
Me mordí brevemente el labio, con los ojos todavía semicerrados, mientras seguía observándola, corno haciendo un esfuerzo por recordarla. Mantuve mi sonrisa leve, un poco porque convenía a mi papel de hacerme el otario y otro poco porque verla incómoda era una sensación nueva y agradable. Cuando habló sus ojos parecían más fríos que nunca y sus labios se habían puesto rígidos en su característica mueca de disgusto:
-¿En qué época estudió usted en el Nacional?
-Del ‘76 al ’80, ¿por?
-Bueno -la mujer vaciló-, porque en esos años yo dictaba clases en todos los terceros…
-Comprendo, comprendo.
No dije más, porque el silencio que siguió era embarazoso y a mí me encantaba que resultara así. Al verla tan tensa me envalentoné y seguí:
-¡Qué raro! ¿No? Porque con mis compañeros nos reunimos todos los años -mentí-. Y casualmente hicimos una cena para las Fiestas -seguí mintiendo- y nos pusimos, naturalmente, a recordar anécdotas del colegio, usted sabe: chiquilinadas, líos, personajes de entonces -culminé mi fábula.
-Claro, claro, por supuesto -aunque trataba de que no se le notara, la vieja estaba ansiosa por conocer su papel en esos recuerdos.
-Siempre somos los mismos, ¿sabe? Unos veinte. No creo que usted recuerde los apellidos. Siempre van Arispe, Butelman, Zelaya, Rincón y algunos más.
-Sí, sí, claro que los recuerdo.
"Seguro que te los acordás, vieja turra", pensé para mis adentros. Había elegido los apellidos de los tipos más destacados del curso, o por capaces o por alcahuetes, pero esos apellidos célebres que todos los docentes recuerdan por años, como para dar verosimilitud al engatusamiento. Me reí tímidamente, con la mirada perdida en el ventanal, como quien recuerda algo muy gracioso.
-Tantos recuerdos, tanta gente. Debo, confesarle que a unos cuantos profesores les sacamos el cuero. Se imagina, ¿no?
La vieja pareció recuperar algo de aquella gallardía sanguinaria con la que recorría el patio durante el recreo, mientras cosechaba murmullos y pánico. Pero yo la tenía en un puño y no estaba dispuesto a soltarla. Hablé de todos los profesores que pude. Mencioné a los viejos venerables y a algunos jovencitos y Jovencitas a los que metódicamente hicimos la vida imposible. Evoqué a unos por su sabiduría, a otros por su rigidez o por su mal carácter. A medida que hablaba sentía una sensación extraña. Me sorprendió notar con cuánto detalle los recordaba a todos, con sus nombres y sus rasgos y sus cosas. Era como si, una vez levantada la lápida de aquella anciana odiosa, los otros recuerdos de mi secundario lograran salir en libertad ufanos y simples. Para terminar hablé de Aguirre, el de literatura, que era un maestro en todo el sentido de la palabra, y la emoción que me asomó a los ojos fue tan sincera que estuve a punto de rematar su evocación con un "exigente, sabio y amistoso, y no un hijo de tal por cual como usted", pero me contuve a tiempo.
Cuando callé la vieja tardó en hablar. Al fin lo hizo, y su voz era mucho más opaca que al comienzo.
-Veo que tiene grandes recuerdos del colegio, muchacho.
-Sí, sí, señora, muchos recuerdos... -y como si me hubiese percatado de una grosería me apresuré a agregar-, aunque ahora que lo pienso, creo que recuerdo que usted fue nuestra profesora... -puse cara de estar esforzándome en el recuerdo-: En primero y segundo tuvimos a Tolosa, en cuarto a Nicotra... ¡Claro! Sí, señora, cómo no, ahora me acuerdo de usted, por supuesto, Hilda Cherriti de González, seguro...
-Cerutti. Cerutti, no Cherreti -aunque la vieja me corrigió sonriendo era evidente que hubiera preferido acogotarme.
-Cerutti, perdón, por supuesto.
Miré el reloj pero ahora lo hice ostensiblemente, con ambos brazos apoyados sobre el pupitre, digo, sobre la mesa del bar. Si hubiese estado menos eufórico habría notado que era el mismo reloj -regalo de mi abuela- que intentaba espiar durante el tormento sin fin de las clases de la vieja, pero en ese momento sublime no me detuve a considerar el aspecto simbólico del gesto.
-¡Qué hora se ha hecho, señora! -A propósito no la había llamado “profesora” en toda la conversación. Me incorporé y le tendí la mano. Cuando estreché la suya la noté fría y húmeda de transpiración.
Salí. Caminé por el parque rodeando el edificio. La divisé a través del ventanal que se abría sobre el paisaje de la sierra. Ella había vuelto a abrir el libro, pero tenía los ojos fijos en la mesa del costado. Ya no marcaba ningún punteo con la lapicera, que descansaba junto a su mano, y tenía una expresión terriblemente sombría y cansada. Parecía más pequeña y más vieja que una hora atrás. Estoy seguro de que el mozo, que se acercó a cobrarle en aquel momento, no habrá sentido ninguna fragancia cítrica y penetrante.
Me di vuelta, caminé hasta el arroyo, me senté en una piedra grande, hundí los pies en el agua clara y sonreí, porque me acordé de mi abuela diciéndome que para algunos malparidos no hay mejor castigo que el olvido.